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Katalin Karikó, la científica precaria (y perseverante) que ha hecho posible las vacunas contra el COVID-19

Artífice de los descubrimientos sobre ARN mensajero que han dado lugar a las vacunas de Pfizer y Moderna, la investigadora húngara Katalin Karikó luchó contra viento y marea por una idea considerada extravagante y radical. Ahora, su trabajo se ha convertido en nuestra mejor arma contra la pandemia. Y solo es el principio. El ARN mensajero está llamado a revolucionar el abordaje terapéutico de decenas de enfermedades.

Ixone Díaz

Cuando en diciembre Katalin Karikó recibió su primer dosis de la vacuna contra la COVID-19, no pudo evitar emocionarse y llorar. Pionera en la investigación con ARN mensajero, las vacunas desarrolladas por Pfizer y Moderna están basadas en su revolucionario trabajo científico. Pero también son fruto de una perseverancia a prueba de obstáculos y suspicacias que estuvieron a punto de hacerle tirar la toalla en más de una ocasión. Fichada por BioNTech en 2013, la científica húngara forma junto Özlem Türeci y Ugur Sahin el equipo de BioNTech que ha dado lugar a la vacuna de Pfizer y su nombre suena con insistencia para el próximo Nobel de Química.

Su historia tiene tintes novelescos: nació en Hungría, donde su padre trabajaba como carnicero y la casa de adobe donde vivían no tenía agua corriente ni electricidad. Pero siempre supo que quería dedicarse a la ciencia. Después de estudiar Biología y terminar su doctorado, cuando se quedó sin financiación para seguir adelante con su investigación, aceptó un puesto en la universidad de Temple, Filadelfia, y se trasladó con su marido y su hija a Estados Unidos. Apenas tenían mil dólares de ahorros, que escondieron en el osito de peluche de la niña durante el viaje.

Especializada en la ciencia básica del ARN mensajero, le obsesionaba desarrollar fármacos y vacunas a partir de él. El ARN es una molécula frágil e inestable que las células utilizan para convertir las instrucciones contenidas en el ADN en proteínas. La idea de Karikó pasaba por lograr que ese ARN "enseñara" al sistema inmune a producir sus propios antígenos para combatir diferentes infecciones y enfermedades. Sin embargo, durante años, ese tipo de abordaje terapéutico fue considerado demasiado radical y arriesgado y los científicos que trabajaban en esa línea eran ignorados o tachados de excéntricos. Karikó tuvo dificultades para conseguir becas, pero también para publicar su trabajo en revistas académicas. Su puesto en la universidad era inestable y pasó de un laboratorio a otro sin pena sin gloria, encadenando salarios bajos y sin recibir ningún tipo de reconocimiento.

Entonces, en un viaje a la fotocopiadora de la oficina, conoció al inmunólogo Drew Weissman, que había sido discípulo de Anthony Fauci y estaba investigando una vacuna contra el el sida. El problema surgió cuando el ARN que lograron sintetizar empezó a provocar una reacción inflamatoria exacerbada. El gran hallazgo de Kariko llegó en 2005, cuando descubrió cómo evitar esa reacción modificando una sola letra de la secuencia genética del ARN.

Kariko y Weissman patentaron sus hallazgos para sintetizar ARN modificado, pero la universidad las malvendió por apenas 300.000 dólares. Años más tarde, Moderna y BionTech, artífice de la vacuna de Pfizer, adquirieron varias de esas patentes. Ahora, el mecanismo ha dado lugar a las vacunas de ambas compañías, que están contribuyendo a inmunizar a millones de personas en todo el mundo. Después de 40 años encadenando contratos precarios, en 2013 Karikó fichó por BioNTech, donde ejerce como vicepresidenta mientras su nombre suena con fuerza junto al de Weissman para el próximo Nobel de Química...

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