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Felipe de Edimburgo en la ceremonia de coronación de Isabel II, el 2 de junio de 1953. Foto: Getty.

¿Fue Felipe de Edimburgo un pionero de la masculinidad moderna?

Nadie se atrevería a llamarle feminista porque, sencillamente, no lo era. Pero a lo largo de casi siete décadas, Felipe de Edimburgo demostró que un hombre de su generación podía ignorar los roles de género, aceptar el segundo plano y convertirse en el mejor apoyo (profesional) de su mujer, Isabel II. Y eso, en los años 50, era todo lo revolucionaria y moderna que podía ser la masculinidad.

Ixone Díaz

La muerte, a los 99 años, de Felipe de Edimburgo ha dejado decenas de obituarios y biografías sobre la extraordinaria vida del consorte de la reina de Inglaterra y su papel para la estabilidad de la Monarquía en el Reino Unido, pero también una interesante reflexión sobre el tipo de masculinidad que representó durante los casi 70 años que vivió a la sombra de la soberana. "En una época en la que la idea de que un hombre se inclinara ante la autoridad femenina todavía resultaba incómoda, llegó a definir un tipo diferente de ideal masculino; uno arraigado en la devoción, el apoyo y el tipo de fuerza que no necesita mostrarse moviéndose sin cesar en el centro de atención", escribía hace unos días la columnista del diario 'The Guardian' Gaby Hinsliff.

Siempre un paso por detrás de ella, siempre consciente de su papel como consorte, Felipe de Edimburgo desempeñó su trabajo como compañero fiel de la soberana con una profesionalidad innegable. Y no es cuestión de blanquear su biografía. No fue un marido perfecto (se le han atribuido múltiples infidelidades) y se quejó en privado (y alguna vez en público) de los rigores de un papel constitucional descafeinado. Pero siempre cumplió con su trabajo. "El duque de Edimburgo era el ancla de la reina y su roca, 'su fuerza y su apoyo', como dijo ella misma en una ocasión; el hombre que caminaba por una delicada cuerda floja entre asegurarse de que ella nunca tuviera que asumir sus responsabilidades sola y respetar el hecho de que, en última instancia, eran de ella, no de él", escribe Hinsliff.

No había sido educado para eso. Creció en una época en la que la igualdad ni si quiera era un tema de conservación. Mucho menos, una aspiración. "Nació y se crió en un mundo dirigido casi en su totalidad por hombres. Era un hombre duro y físico que se crió y luego trabajó en un entorno enteramente masculino. Celebró la masculinidad y sobre el nacimiento de su primer hijo, dijo: 'Se necesita un hombre para tener un niño'. Pero literalmente de la noche a la mañana, y durante los 65 años siguientes, su vida consistió en apoyar a su esposa, a la Reina", escribía el corresponsal real de la 'BBC' Jonny Bymond en una biografía publicada hace unos días.

La coronación de Isabel II lo cambió todo. Hasta entonces, los roles de género en el matrimonio habían sido, más o menos, los tradicionales para una pareja joven de los años 50. "Dentro de la casa, todo el mundo me preguntaba a mí lo que tenían que hacer. Todo cambió considerablemente en 1952", explicó él mismo en una ocasión. En la solemne ceremonia, Felipe de Edimburgo le juró lealdad a su esposa arrodillándose ante ella. Pero aquel momento icónico vino acompañado de otras decisiones que marcaron profundamente su dinámina familiar. Por una parte, el príncipe tuvo que renunciar a una carrera militar que le encantaba, pero también tuvo que aceptar (a regañadientes, eso sí) que sus hijos no llevaran su apellido. De hecho, aquella decisión propició uno de sus comentarios más célebres: "¡No soy más que una maldita ameba!".

Pero a pesar de que, en ocasiones, dejaba ver un ego masculino lastimado, también se ocupó personalmente de los asuntos familiares como pocos hombres de su generación habrían hecho. De hecho, cuando el matrimonio de Carlos y Diana se tambaleaba, el príncipe le escribió una afectuosa carta a Diana censurando la infidelidad de su hijo con Camilla y ofreciéndole su ayuda sincera, "aunque tengo que reconocer que no tengo talento alguno como consejero matrimonial". Diana le contestó agradeciéndole el gesto: "Eres muy modesto acerca de tus habilidades como consejero matrimonial y no estoy de acuerdo contigo". Y Diana tenía razón: nadie mejor que él sabía cómo gestionar un matrimonio real.

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