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Crédito: Getty.

Christine Lagarde, la mujer más poderosa de Europa y su guerra contra la inflación, ómicron y los ciberataques

Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo desde 2019, estrena el año luchando contra el impacto de la inflación y de la sexta ola de la pandemia en la economía europea y liderando la respuesta ante desafíos futuros como los ataques cibernéticos.

Elena de los Ríos

Christine Lagarde (66 años), la mujer más poderosa de Europa ahora que Angela Merkel se ha retirado de la política y la tercera más influyente del mundo solo por detrás de Mackenzie Scott y Kamala Harris, celebra estos días el vigésimo aniversario del euro, la moneda que se encarga de custodiar, como presidenta del Banco Central Europeo, desde el 1 de noviembre de 2019. El destino le tenía preparado un reto a la altura de su impresionante trayectoria profesional: diseñar una política monetaria capaz de resistir el acontecimiento más disruptivo del siglo XXI. Pero mientras la pandemia no cede, Christine Lagarde (París, 1956) transmite confianza en una gestión que está en el punto de mira de todos.

Ya tiene experiencia en estas lides. "Las mujeres solemos convertirnos en líderes en los momentos de mayor peligro", admitió en una entrevista con el diario británico The Telegraph. "Como si solo como último recurso el sistema admitiera depositar su confianza en nuestra capacidad de resolver los problemas". Habla con conocimiento de causa. Su ascensión a la élite de la economía mundial ha estado acompañada, casi siempre, de grandes retos.

Austeridad vs. flexibilidad

Como directora del Fondo Monetario Internacional, otro techo de cristal roto en 2011, se enfrentó a la crisis de deuda soberana de la Unión Europea y, sobre todo, a la de Grecia, que desencadenó la debacle financiera de 2008. Su gestión de las consecuencias del colapso de los mercados que siguió al escándalo de las hipotecas subprime tiene implicaciones en su gestión actual de la inflación, el reto que más debe preocuparle en 2022. La evaluación de la política de enorme austeridad que impuso junto a su aliada entonces, Angela Merkel, fue muy criticada a posteriori.

Ella misma admitió en el diario The Guardian que el FMI tuvo que hacer autocrítica y corrección de las ideas que había sostenido tras 2008. Hoy, Christine Lagarde, admite que los estados han de invertir más en las poblaciones vulnerables para generar crecimiento y estabilidad. "Hoy existe una mayor preocupación por la desigualdad alrededor del mundo y el gasto social es un elemento fundamental para mitigarla", ha admitido recientemente.

De cara a 2022, Christine Lagarde ya ha mencionado la palabra mágica que tranquiliza a quien temía su perfil más duro: su actitud será de flexibilidad. No habrá subida de tipos, como ya ha sucedido en Noruega y Reino Unido, aunque sí va a acabar con el programa de compras de urgencia de bonos de deuda que, durante lo peor de la pandemia, permitieron a los gobiernos europeos financiarse.

"Consideramos que el progreso en la recuperación económica y hacia nuestra meta de inflación a medio plazo permite una reducción paso a paso en el ritmo de nuestras compras de activos durante los próximos trimestres", anunció Lagarde, quien insiste en que la inflación es algo transitorio en la zona euro. Eso sí, se ha reservado el derecho de utilizar cualquier recurso monetario a su alcance si la situación empeorara.

Además del control de la inflación, Christine Lagarde ha manifestado su preocupación por el crecimiento económico de la zona euro, más moderado de lo que ella misma esperaba hace unos meses. Ómicron tiene mucho que ver en eso. "La última ola pandémica y la variante ómicron han llevado a algunos países a volver a introducir restricciones más estrictas, los precios de la energía han subido significativamente y en algunas industrias, hay escasez de materiales, equipos y mano de obra", se ha lamentado.

Además, ha advertido de la creciente frecuencia y sofisticación de los ciberataques informáticos en hospitales, empresas o instituciones financieras. "En 2022 tenemos que estar preparados para gestionar las consecuencias para la estabilidad financiera de un ciberincidente importante", pidió recientemente en un discurso.

Una carrera brillante

La trayectoria profesional de Lagarde le permite observar y proyectar políticas desde un punto de vista multifocal: fue la primera ministra de Economía y Finanzas de un gobierno francés en 2017, pero antes lo fue de Comercio y Agricultura; se convirtió en la primera presidente del prestigioso bufete global Baker & McKenzie; y ha subrayado que asume los ejes de género y el cambio climático como importantes puntos de apoyo en todas sus decisiones. Sintomáticamente, Lagarde no proviene del mundo de la banca ni del de las finanzas: estudió Derecho y Ciencias Políticas. Precisión y disciplina son virtudes que trabaja desde que era una adolescente, cuando su talento en la piscina le consiguió un puesto en el equipo francés de natación sincronizada.

Hija de un profesor de inglés y de una maestra, se ha divorciado dos veces, es madre de dos hijos y se confiesa abstemia y vegetariana. Su compañero sentimental actual es el empresario marsellés Xavier Giocanti, un viejo amor de juventud a quien solo ve una vez al mes y quien asegura que es el encargado de equilibrar su PIB (Placer Interno Bruto). Colecciona piedras preciosas (una buena inversión) y caricaturas de sí mima. Dicen que en una ocasión colgó en su despacho una en la que aparecía vestida de dominatrix, subyugando a un grupo de banqueros.

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